Nippur de Lagash

Hace poco me crucé en un puesto de diario con este tomo 4 de la colección de Nippur de Lagash. Lo pensé poco y lo compré. Se trata de un clásico de la historieta argentina. Es decir, una de aquellas obras de las que uno conoce al menos su existencia: como puede pasar con «El Eternauta», «Mafalda», «Patoruzú» y quizás alguna otra.

Wood es un muy buen escritor, pero los episodios que leí tienen poco de historieta. Su trabajo es más bien el de un cuentista y el del Lucho Olivera el de un ilustrador que casi nunca tiene espacio para realizar su labor. D'artagnan, la revista en la que se publicaba, favorece este pensamiento, pues publicita su contenido como «novelas completas».

Sólo conozco estos ocho episodios de Nippur de Lagash y debo suponer que sus guiones han cambiado en sus treinta años de desarrollo. En estos capítulos tenemos un personaje aventurero muy introspectivo de quien, a veces, leemos sus pensamientos tanto en los globos como en las didascalias.

Algunos episodios o «novelas», como las llamaban en Columba, me resultaron por demás interesantes. Sobre todo, el que le da nombre al tomo de la colección «La bruja», un claro ejemplo de juego con lo fantástico, la vacilación, la duda. Todos tienen algo de cuento tradicional, de narración en un fogón. Esto es tan así que Araí me escuchó leerle una «novela completa» y pudo entenderla sin necesidad de mirarla.

Los dibujos son pequeños y y recargados en tinta. A veces, inexpresivos. Olivera es, sin dudas, un dibujante con talento —como queda demostrado en las carátulas de algunos episodios— pero sin espacio en los cuadritos.

En ese sentido, Nippur me pareció una historieta desbalanceada. Pero insisto, sólo leí una parte de toda la serie, por lo que no sé cómo habrá sido a lo largo de su desarrollo. Lo veremos en los próximos tomos (si es que los sigo comprando).

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