Cine para dos

Domingo 21 de diciembre de 2014. Loma verde, Planeta Tierra.

Digamos que ella se llamaba, se llama y se sigue llamando Araí y él, Emiliano. Araí y Emiliano. Al final, Araí se va a su casa y Emiliano se queda en la suya.

Araí llega a la casa de Emiliano. Una de sus manos sostiene una bolsa blanca. Él lo sabe, ha traído helado: dulce de leche granizado y menta. No recuerda cuándo fue la primera vez que le enseñó esa combinación —que el había conocido, a fuerza de no conseguir su tan amada crema del cielo, una tarde cualquiera—, pero todavía siente como una victoria que a ella le haya gustado esa fórmula.

Si le preguntan, ella dirá que antes tenía la idea de que el helado de menta no le gustaba. Por cierto, consumía menta en más de algún postre o bebida. Algunas ideas resultan tenaces, lo que no se opone a su posibilidad de ser erróneas.

Aunque Emiliano la había invitado, no previó tener algo más que una Coca-Cola en la heladera. Así las cosas, la noche de películas sería acompañada de una bebida algo tibia y un pan dulce que Araí casi no probó.

Pasada la medianoche, decidieron comenzar a ver El gran pez. Araí ha visto muchas más películas que él y guarda una lista de todas aquellas que Emiliano "tiene que ver". Ya pudo tachar El rey León, Donde viven los monstruos y El jardín secreto, entre otras.

Él no conocía nada de esa película. Fue lanzada hace más de diez años y alguna vez escuchó una ponencia sobre ella; aún así, lo único que sabía era que había sido dirigida por Tim Burton y presentaba cierta "irealidad cromática".

Lloró. No sería la primera ni la última vez.

Ella también lloró, pero no le gustará que nadie escriba eso. Tiene una imagen que mantener.

Comentaron la película. Él dijo que le encantó que estuviera llena de cuentos. Ella se felicitó por haber elegido la película y, luego, se arriesgó. Doble o nada. «¿Vemos Descubriendo el País de Nunca Jamás

La apuesta era fuerte. La película está protagonizada por Johnny Depp. Emiliano le dice que nunca puede ver a los personajes que él intenta interpretar. Y lo compara con Cage y Estevanez. Ella comienza a dudar, pero finalmente ven la película.

Depp ha hecho lo de siempre. A ella le ha encantado. A él no. Sin embargo, la historia lo atrapó y el film le pareció muy bueno; aunque, siempre pretencioso, le dice que hubiese preferido que termine en la última escena de Kate Winslet. Quizá tenga razón.

La noche está por terminar. Han visto dos películas hermosas y ella se tiene que ir. Pero él la retiene por un momento. Le dice «por favor, veamos este corto y luego te vas». Ella acepta de buena gana, porque lo quiere.

Ven La Jetée, un corto de 1962 que él descubrió ese año en el que se propuso ver una película por día. No cumplió su objetivo, pero, sin duda, fue el año en el que más películas consumió.

Comienza. Imagen tras imagen la historia se sucede. Una voz en off. Película francesa de ciencia ficción. Araí piensa que él intenta mostarle cuán snob puede llegar a ser. O no. Nunca se sabe muy bien qué es lo que ella piensa. Pero cuando termina, le dice que le gustó mucho. Y eso, a él, lo complace.

El reloj marca las seis. La mañana había comenzado unos cuarenta minutos antes. Ella llama a una agencia de remis. El auto llega a los cinco minutos. Se despiden. Ella le dice: «Quiero que escribas sobre las películas que vimos».

Él se ríe, porque sabe que demorará en cumplir esa consigna, pero que no dejará de cumplirla porque le encanta escribir para ella.

De Cine

I

Vamos al cine. No recuerdo cuál fue la última película que fuimos a ver solos. No es relevante: ahora estamos yendo a ver El libro de la vida.

II

La primera película que vimos juntos y a solas fue Casablanca. No, no somos tan viejos. Cuando la película se reedito, en 2012, fuimos a verla, solos.

Ella estaba hermosa. Recuerdo que había llevado unos aros. No sé por qué, pero siempre que los usa pienso que le resaltan la mirada.

En la sala seríamos unas diez personas. Parejas de todas las edades y nosotros.

Todavía no éramos novios. Sin embargo, como el gordo que soy, al salir de la función comí un sándwich de albóndigas.

La película, que nunca había terminado de ver, me gustó mucho.

III

Semanas atrás habíamos decidido que iríamos a ver esta película. El jueves, día de estreno, buscamos, en el sitio del cine, información sobre la película y no encontramos nada. Optamos, entonces, entre Gone Girl y la película de W. Allen. Nunca vi una película de Allen en pantalla grande. A pesar de eso, voté por Gone Girl, aunque hubiese ido a ver cualquiera que ella hubiese elegido.

Llegamos a boletería. Se acerca y pide dos para la función de Gone Girl de las 19 hs. El chico de la boletería le informa que solo queda la función de las 22 hs. Me mira. Pregunta por la de Allen. El boletero le dice que está a punto de comenzar. Ella le cuenta que en el sitio del cine había otra información y que la disculpe, pero que me consultará qué hacemos.

Estábamos en eso, decidiendo, cuando vemos anunciada El libro de la vida. Entonces, volvemos a nuestro plan inicial. Se acerca, pide las entradas y paga $80. Dios salve a los cupones de descuento.

IV

Después de Casablanca, hemos visto muchas películas y series juntos. En cine, a solas, recuerdo haber ido a ver Man of Steel y World War Z, pero esas fueron hace tanto tiempo que, intuyo, hay alguna que no recuerdo.

Ya de novios, la primera película que fuimos a ver fue Labyrinth, en la casa de Luca Prodan. Recuerdo que esa noche pedimos una pizza que jamás llegó a la mesa.

Recientemente, la última que vimos fue Nuovo Cinema Paradiso. Lloré, lloré mucho. Ella me abrazaba y me decía que, si quería, podíamos ver otra. Yo me negué varias veces. La vimos, abrazados y empapados por mis lágrimas.

V

Ya dentro de la sala, problemas con los lentes 3D. Me los pongo arriba de los anteojos, luego abajo, luego arriba. Empieza la película. Nos abrazamos y miramos la pantalla. Nos reímos, nos enternecemos, nos indignamos por las pésimas traducciones, nos vamos contentos porque la película es excelente.

Ella me dice que le encantaron los diseños de los personajes y me cuenta que conoce otros trabajos de Jorge Gutiérrez que también le han encantado. Yo no sé de quién me habla, pero me gusta conocer así que, ni bien llegue a mi casa, lo buscaré, me entusiasmaré con su obra y me preguntaré cómo hace para saber tanto.

Lecturas atrasadas

I

Hace mucho tiempo, un amigo me recomendó que leyera La naranja mecánica. Hasta ahora, la había empezado tres veces y nunca la había concluido. Finalmente, el viernes la tomé y dejé a un lado el sentido del deber: me interesaba conocer la obra escrita porque ya había visto la película y, además, porque quería poder opinar con conocimiento sobre la polémica entorno al capítulo 21. Terminada de leer, necesité escribir lo de aquí abajo:

II

Como lectura forzada, «La naranja mecánica» puede llegar a ser uno de los peores desafíos. Relato distópico canonizado, utiliza una jerga —nadsat— que puede espantar a más de un lector, incluso, y con más razón, en las ediciones que vienen acompañadas de un glosario.

La novela cuenta la historia de Alex, un joven cuya violencia adolescente se disipa en el capítulo final: crece, se vuelve un adulto y quiere “crear”, es decir, reproducirse. La adolescencia, en una especie de epifanía, se le presenta como mecanizada, los jóvenes, comparados con máquinas de hojalata a cuerda, «no pueden evitar lo que hacen».

La novela gira entorno a temas tales como la libertad de acción, el castigo, el totalitarismo: «Cuando un hombre no puede elegir, deja de ser hombre». También, y no sería fácil obviarlo, la moralidad de los «buenos», ¿acaso hacerle cosas malas a los malos no los torna moralmente malos? Con una narración en primera persona, Alex nos acerca un mundo en el que la violencia se encuentra en todas partes y poco se hace para comprender al otro. Las condenas cumplidas o las «transformaciones» no son suficientes para quienes pretenden eliminar el «problema»; mientras, la violencia se reproduce en las calles, las cárceles, las bibliotecas y entre amigos —drugos.

La novela, distinta a la famosa adaptación de Kubrick, quiere mostrar que las personas pueden cambiar, que los adultos pueden querer elegir el bien; pero, hacia el final del libro, los personajes quedan reducidos a estereotipos. Los adultos, para Alex, eligen; los jóvenes, no.

Para concluir, «La naranja mecánica» es una obra que se pregunta ¿se puede aplicar una moralidad mecánica a un organismo vivo? Como ficción, no da una respuesta lineal, plantea dudas y presenta personajes que, más de una vez, actúan de forma incongruente.

Versión leída: Burgess, Anthony (2005) La naranja mecánica. Buenos Aires, Minotauro. Traducción: Leal, Anibal y Quijada Ana (Introducción y Capítulo 21).

Una vez en la secundaria...

I

Una vez en la secundaria, vino un sexólogo a dar una clase de salud sexual. Abrió la puerta del aula y dijo: "Todos somos bisexuales".

Después de esa presentación pretendió que lo escucharamos.

II

Una vez en la secundaria, el profesor de biología nos dijo que el ser humano se puede volver adicto a cualquier cosa y que todo era una droga. Para sostener ese argumento dijo "de hecho, uno se puede volver adicto a consumir agua, eso se llama potomanía".

Luego, claro, nos dio la definición de droga y algunas otras cosas más. Sólo recuerdo eso.

III

Una vez en la secundaria, el profesor suplente de físico-química (físico coño) nos preguntó si existía el frío y todos respondimos que sí. Luego, nos dijo que no existía, que lo que existe es el calor y que el frío sólo se puede medir a partir de la ausencia de calor. Por lo tanto, el frío no existe.

Confrontar con lo que dijo la profesora de Literatura de tercero.

IV

Una vez en la secundaria, la profesora de Literatura del último año nos preguntó si dios existía, todos nos quedamos en silencio. Después nos dijo: "Todo lo que se puede nombrar existe. No se puede nombrar lo que no existe".

Nostalgia de cosas que no he vivido

I

Agustín, «El Mudo», el que no puede saber ni hablar de lo que pasó con su familia. Él es el protagonista de la novela. Él —siete, ocho, diecisiete años— está tratando de construir su propia identidad en una familia que se desintegra. Yo leo esa novela: El amor nos destrozará.

«Love will tear us apart» se repite una y otra vez en un cassette que encuentra Agustín. No lo escucho. Escucho/leo otro estribillo, el de la novela, el del personaje/voz narrativa, «quiero acordarme».

¿Se acuerda? ¿No se acuerda? ¿Acaso sabe?

La memoria, la familia, la hermana muerta no le hablan, no le cuentan, no le resuelven los problemas. Lo único que le habla está en un idioma que va aprendiendo. Agustín no sabe, no supo, no sabrá; nosotros tampoco. La novela es eso: la experiencia de la incertidumbre.

II

Yo podría escribir esa especie de reseña, pero me niego. Así como me niego, incluso en prácticas imaginarias, a escribir una reseña que dé cuenta del argumento o que ofrezca un resumen parcial de los texto. ¿Por qué? Por un lado, debe ser porque «Yo no recomiendo» (p. 230). Considero que el hecho de haber disfrutado algo no implica que alguien también pueda hacerlo, aunque no niega la posibilidad. No es esnobismo, es timidez o algo así.

Por el otro, supongo, tiene que ver con el hecho de que no me gustan las reseñas que me cuentan una parte de la historia y no de la experiencia de la lectura. ¿Espero acaso que el crítico oriente mi conducta y me diga que al leer voy a conmoverme? No, no es eso. Sólo que espero que no me digan que «Las aventuras de Fulano es una novela de aprendizaje. La novela comienza cuando Fulano tiene diez años y sale de su pueblo para...». Eso me lo dice la contratapa, la solapa y el librero. Una reseña, entiendo, tiene que ser otra cosa. Algo que yo tampoco sé escribir, pero a veces leo.

En fin, esta entrada no es para contar qué es lo que espero de la crítica. Sino para contar por qué me gustó tanto El amor nos destrozará. ¿Justifico esta pérdida de tiempo —¿A quién le interesa si te gustó y por qué?— de algún modo? No. No quiero. Sólo tengo ganas de escribir.

III

«La memoria se quiebra» (165). El sujeto es un sujeto divido, fracturado. Sí, todo eso ya lo sabemos. No uso la frase por eso. La memoria, los cassettes, las canciones que se reproducían y la Bic que teníamos que usar porque el pasacassettes podía llegar a morder la cinta y ahí se venían los gritos, el caos, la decepción. Pasó, una vez al menos pasó. Por eso lo sé. Por eso siempre usé la Bic, para que no me pasara a mí, para que los gritos no sean hacia a mí. Y, además, porque los cassettes no eran míos.

Trato de recordar cuáles eran los cassettes que escuchábamos y sólo recuerdo Violador de Depeche Mode, que uno de mis primos le robó a mi hermano. No hay nada que hacer, recuerdo el día en que me compré mi primer CD, eran las canciones de Pinocho. Lo reproduje una o dos veces. Mis viejos tenían seis hijos, yo era el menor, y no tenían tiempo ni ganas de que yo repita una y otra vez el mismo disco.

Teles hubo y hay muchas, a pesar de la cantidad de hijos. Paradoja. Eso permitió que siempre pudiese jugar al Family, al SEGA y, finalmente, a la PS. Llegó la computadora y tuve más tiempo para jugar. El CPU no recalentaba como los transformadores.

Cassettes. Hay, creo, en mi casa unos que tienen grabados mis primeros «programas de radio». Con unos amigos que ya no veo, que no veo desde los diez años, una noche en la que fui a buscar el CD del "PCFÚTBOL 5.0" y uno de ellos me lo devolvió y me dijo «Ah, ya no somos más amigos». Nunca supe por qué dejábamos de serlo, pero lo acepté con alegría. En esa época, empezaba a tener y frecuentar a mis amigos de la primaria y creía que me sería difícil mantener dos amistades. No tuve que mantener dos amistades ni optar, fue todo mucho más sencillo.

En fin, esos cassettes deben estar por acá. Hablábamos, hacíamos música con los botones del equipo que habíamos comprado para el cumpleaños de mi hermana. No sé qué hablábamos, no tengo idea, pero teníamos una radio, todas las tardes, a las cinco.

IV

Hay otros cassettes. No los tengo yo y creo que nadie. Se digitalizaron y, supongo, están en la computadora de Nico. De esos tengo algún que otro recuerdo. Grabamos dos programas de radio. Creo que bastante parecidos. Había un «monstro». Mariano usaba una careta en la mano y la hacía modular. Nunca entendimos por qué nos causaba tanta gracia. Quizás, quizás, quizás, porque estábamos haciendo radio y nadie veía la careta.

También recuerdo que yo intenté contar una historia. Empezaba y terminó así: «Trémula caminaba...». «¿Trémula?», dijo uno, «¿Se llama trémula? ¿Los padres no la querían?». Nos reímos, muchísimo. Charlie de The pearks of being a Wallflower diría «Fuimos infinitos».

V

La novela me gusta por lo obvio, porque me recuerda muchas cosas de mí. Pero también me trae nostalgia por las cosas que no he vivido. Por la escasez de la información o, mejor dicho, de medios para acercarse a lo que uno quería saber. La información no existe.

Me imagino a mi hermano, adolescente, fanático de Depeche Mode. Eran los ochenta, los noventa de la novela vendrán después. Él adulto. Yo terminé los noventa con trece y escuchando ¿qué? «Chala, head, chala».

Me lo imagino comprando revistas para saber algo sobre los temas, buscando en un diccionario castellano-inglés (¡NO! los diccionarios son español-inglés) las palabras, una por una. Do, doesn't, It, share, life, algunas se repiten y las aprende rápido. Lo veo traduciendo esas canciones. Lo sé atravesado por «It Doesn't Matter» o «Somebody». Lo sé escuchando la radio y reproduciendo alguna de las "revelaciones" que compartían los locutores.

Eso. Todo eso. La novela me trajo todo eso. Y más. Mucho más. Hay cosas que ahora no sé o no puedo o sé y no quiero explicar.