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Los domingos suelen ser tediosos, a menos que los salve el asado o el fútbol. Ayer no hubo nada de eso. Pero no me quejo, el martes de forma inesperada nos dimos el lujo de compartir un regio asado en familia, con bastante alcohol y mucho chimichurri. Debí comer menos chimi, pero sinceramente a mi viejo le sale muy bien.

En cuanto al fútbol, es cierto: lo extraño. Desde que uso lentes no he vuelto a jugar, quizás por miedo, estoy demasiado acostumbrado a ellos. Si me los saco, el mundo se torna borroso. Así que sin lentes, no serviría ni de arquero. De todas formas no me vendría mal hacer ejercicio físico, últimamente sólo corro cuando juego a la pelota con uno de mis sobrinos. Aclaro, no jugamos al fútbol, jugamos a la pelota.

Regresemos al principio para empezar a contar, los domingos suelen ser aburridos y más si uno no realiza ninguna actividad, si se queda en su casa a chupar frio, a conectarse a Facebook, a jugar en Pottermore. Al menos dos de esas cosas, de alguna forma, entretienen. He olvidado una tercera cosa que puede salvar un domingo: la música.

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Con mi viejo tenemos una extraña relación. A veces parece que profesamos una de esas amistades inglesas, en las que sólo intercambiamos opiniones sobre libros o películas o jugamos a la escoba del quince -nuestro ajedrez-, y otras parecemos contertulios que, ebrios, discuten sobre la actualidad política. Hay un punto donde nos encontramos fuera de esas máscaras, hay algo que a los dos nos gusta por igual, pero donde se nota mucho su formación clásica, frente a mi poca o nula disciplina: la música.

En sus épocas de juventud -me cuenta- estudió canto y algo de piano. Se nota que le gustaba, porque cuando está bien de salud se lo escucha cantar. Pero mientras yo canto como se me viene en ganas -un amigo me dice que a veces parezco el cantente de El Bordo- él canta canciones populares de los cincuenta como si fuese tenor. La clásica es esta:

En el bosque da la china,
una china se perdió
como yo era un chinito
nos encontramos los dos

Era de noche, y la chinita
tenía miedo, miedo tenía
de andar solita (…)

El tema es bastante conocido y -cuando lo escuché de otra persona- me resultó extraño que la letra diga: como yo era un “perdido” nos encontramos los dos. De todas formas, con esto no pretendo decir nada de Hugo del Carril, prefiero la versión de mi viejo.

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Los que conocen la intimidad de mi familia saben que la cotidianeidad está colmada de voces. Somos muchos y, afortunadamente, todavía seguimos estando juntos. Esto puede, de alguna forma, alterar los nervios. Pero en el fondo lo agradecemos. Ese ruido constante, de alguna forma debe emparentarse con nuestro extraño apego a la música. Mi hermana, por ejemplo, hace poco tiempo se compró un violín e intenta tocarlo. Lo primero que tuvo que aprender es cómo hacer sonar las cuerdas. Si las cuerdas y/o el arco -no soy especialista- no tienen resina, no vibran y, por ende, no suenan. (muchos no en un reglón, agrego otro, no voy a corregirlo).

Mi hermano mayor, en sus épocas, tuvo dos bandas de cumbia. A él le gustaba cantar y también le gustaba la percusión. Jamás tuvo paciencia para una guitarra y, aunque decía saber tocar el teclado, muchas veces dio pruebas de todo lo contrario. De alguna forma, en el nombre de sus bandas se delineaba lo que les esperaba: Plaff y Los pasajeros.

El último nombre, nos dijo, estaba basado en la banda que le gusta a mi hermano del medio: Depeche Mode. Para ser precisos, él es fanático, pero la banda le gusta a todos los integrantes de la familia.

Otra de mis hermanas gusta del candombe y las comparsas. No suele tocar porque siempre anda de un lugar a otro, laburando. Pero cuando se da el gusto, viene a casa, nos cuenta y se la nota feliz. Ella, como mi hermana que mencioné más arriba, dibuja muy bien. Pero lamentablemente tampoco tiene tiempo para eso.

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En casa tenemos un teclado. A mí me gusta tocarlo, pero la verdad soy un queso. Mi viejo, por otra parte, con su artrosis a cuesta suele sentarse a sacar melodías. No puede acompañarlas con los acordes, en principios porque ya no recuerda y, por otra parte, porque sus manos que muchos años utilizó para obrar ya no le responden como él quisiera. Aún así es agradable verlo sentado, sacando melodías sobre las que se pone a cantar.

Recuerdo que cuando yo era muy chiquito íbamos a los supermercados y nos deteníamos en la parte en la que estaban los teclados -creo que esas zonas ya no existen, pero la verdad hace años que no voy de compras. Nos deteníamos ahí y él empezaba a tocar, como le salía, Für Elise o Para Elisa. Yo lo veía a mi viejo y pensaba que era un genio. Han pasado los años y lo fui confirmando.

Un día mi hermano depechero -yo le diría devoto, pero podría causar confusiones- llegó a casa con un minicomponente Sony y una colección de música clásica que le vino de regalo. Ahí no más, mi viejo se quedó con los discos de Mozart y Beethoven y yo con el de Chopin. Aunque mi elección fue más tardía, porque no conocía nada de esa música y de todo lo que escuché Chopin fue lo que más me gustó.

Mi hermano, el depechero, también gusta de Chopin y una vez me dijo: Mozart era un dios componiendo, pero Chopin componía para los dioses.

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Hace poco con mi viejo, vimos la película A song to remember, que retrata la vida de Chopin. Fue una decisión repentina, yo le contaba que acababa de ver un video y él me preguntó: ¿no se puede ver películas por eso? Y al responderle que sí me dijo: fijate si está La canción inolvidable.

La encontré en Youtube y nos la pusimos a ver con intervalos, porque estaba divida en 8 partes. Al final de la película yo estaba llorando. Lo miré a mi viejo y él estaba secándose los ojos. Me sentí contento o no sé, hay sentimientos para los que todavía no tenemos palabras.

La tarde de ayer también tuvimos a Youtube de aliado. Escuchamos canciones de Berniadino Gigli, Antonio Prieto, Mario Lanza y Alfredo Krauss. En una yo puse a Cantinflas y él recordó a Jorge Negrete. Entonces cantó:

Te voy a hacer los calzones
Como los usa el ranchero,
Te los comienzo en la cama
Te los termino en el suelo.

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