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Si me preguntaban dos horas antes, yo les decía que quería quedarme en casa y dormir. Hace tiempo que me estoy dando cuenta de algo: estoy viejo. No me surgen las ganas de salir y ni que hablar de ir a bailar. Pero este sábado salí y bailé.

Tengo un amigo que es un entusiasta de la noche, él me dijo que no me ortibe y lo acompañe. “Además -agregó- van los chicos y hace mucho no estamos todos juntos”. Ese dato me alentó un poco más. Aún así no estaba de muy buen humor, por lo que me negué a acompañarlo a Banfield y terminamos en los suburbios de Burzaco. Es decir, en plena estación.

Como acostumbramos, hicimos nuestra previa en la plaza. Compramos un litro de cerveza y nos pusimos a hablar sobre la vida, sobre la nada, sobre esas cosas de la que se habla entre amigos. Por un buen rato fuimos tres esperando a que llegara el cuarto.

Y de pronto llegó Jimmi, la momia. Nos miró y nos dijo: “Ustedes acá sentados me hacen acordar a nosotros, en los setenta, en plaza Francia. Éramos jóvenes. Nosotros fuimos los primeros hippies”.

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A mí las plazas me encantan y, de alguna manera, también me transportan a mis años de juventud. Eran plazas bastante distintas a las que veo ahora, más grises y descoloridas, con los juegos destruidos y con muchos pibes vestidos de negro. Yo era uno de esos. En pleno verano, vestidos inclusos con medias negras. Éramos, nos decíamos, ñu metaleros.

Por entonces conocí a los pibes de Lomas. Unos locos bajitos que me presentó una chica con la que nunca jamás volví a hablar. Estos pibes, a diferencia de mis amigos, escuchaban la misma música que yo y también iban a recitales. Nos encontramos pocas veces, pero pegamos muy buena onda.

Con el tiempo, como es natural, fuimos creciendo. Unos se mudaron, algunos fueron padres, otros empezaron a trabajar y yo dejé de ir a la plaza. Nuestra pequeña camada de bandidos rápidamente se vio reemplazada por la de los @lternas y luego ésta por la de los Emos.

Ayer, en medio del boliche escuché a alguien nombrarme como hace tiempo no lo hacían. Un apodo que casi ha quedado en desuso y con una voz que no escuchaba hacía mucho tiempo. Me di vuelta y noté dos cosas: el pasado está a la vuelta de la esquina y el mundo, como dijo un amigo, es un dos por cuatro: “Vivimos en un tango”.

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Jimmi nos dijo que no suele quedarse a hablar con la gente. Nosotros le parecimos “lindos pibes, gente buena” y, volvió a decir, “me hacen acordar a nosotros”. Esa compulsión hacia la repetición de Jimmi me hizo recordar el cuento de Piglia: “La loca y el relato del crimen”. Pero Jimmi no estaba loco, o no lo parecía.

“Yo los veo a ustedes y veo la película de mi vida”. De alguna manera nosotros también estábamos pensando en eso, si algún día filmáramos una especie de biografía grupal, Jimmi estaría en alguna de las escenas.

En este momento pienso: con él se iniciaría el relato. Nos contaría de su guitarra azul y cuando nos preguntase si tocamos algún instrumento, uno de los chicos le contaría sobre los tiempos en los que tuvieron una banda. El flashback es un proceso que me encanta.

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Otra plaza, otro tiempo. Parque Lezama: verano ¿2009? En la memoria, el tiempo es algo confuso. En principio se confunden las fechas y los climas, por otro lado, uno cree recordar una situación, pero asocia a los nombres de los participes las caras que tienen hoy. Por aquel entonces, los actores fuimos: mi amiga quilmeña, la chica de Boedo y yo.

No veo a ninguna de las dos desde hace muchísimo tiempo. Ahora mantenemos contacto, pero de manera infrecuente. A la chica de Boedo solía hablarle por chat, pero hace unos meses dejó de trabajar y ya no se conecta tanto. Con la quilmeña siempre hablamos poco, pero de vez en cuando me pasa sus escritos: nunca comprendí por qué soy amigo de una piba que me parece tan críptica.

Por aquellos años nos vimos envueltos en un intento de gestión cultural. Hicimos algo así como tres encuentros. Finalmente todo terminó en la nada. No sé muy bien por qué, pero supongo que tiene un poco que ver con el hecho de que nunca me fue muy bien en ese tipo de cosas.

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Llega el cuarto Beatle. Jimmi seguía hablando, nos contaba que era amigo de los Vox Dei. En eso lo vimos surgir de la oscuridad de los suburbios de Burzaco con su remera amarilla con una cara de payaso. Extrañamente llegaba a tiempo. Jimmi lo miró y dijo: “Éste con anteojitos tiene una cara de pícaro”.

Nosotros ya estábamos listos. Mi amigo, el entusiasta de la noche, le ofreció un último cigarrillo a Jimmi, cada pitada medía el tiempo que nos conducía a la despedida. Jimmi volvió a repetir que envidiaba nuestra juventud y, agregó, esperaba volver a encontrarnos para tocar algunos temas.

Cuando se terminó el cigarro, nos despedimos. Jimmi nos dio un abrazo. Y casi como si estuviese ahí para darnos una lección nos dijo: “La verdad del Rock and Roll es encontrar en la vida a la gente exacta”.

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