Ansiedad


1

Si esto fuese un cuento, habría un narrador que contaría en pretérito perfecto todo lo que sucedió. Entre otras cosas, diría que hubo un él que al llegar a su hogar se encontró sin suministro eléctrico, comió y se fue a dormir. Entre sueños, el protagonista de ese cuento se figuraba que al despertar ya no habría problemas con los que lidiar, pero la realidad -incluso en algunos cuentos- no suele ajustarse a los deseos. Entonces, diría el narrador, al despertar se encontró con que todo seguía igual.

El narrador entonces introduciría una nueva información. El protagonista del cuento necesitaba la electricidad para acceder a su ordenador, conectarse a Internet y contarle algo su amiga. La noche anterior había pensado en llamarla, pero estaba seguro de no querer molestarla. Y, por otra parte, sabía que ella podría llegar a gritarle por telefonearla a deshoras.

A la mañana esos temores ya no tenían razón de ser. Entonces él, finalmente, la llamó. Encontró agradable volver a escuchar su voz al teléfono. Meses atrás, cuando no contaba con el servicio proveedor de Internet, solía llamarla por cualquier asunto banal. Y se quedaban a hablando durante horas. Le pareció extraño rememorar con nostalgia algo que sucedía hasta hace muy poco tiempo. Estuvo a punto de decírselo, pero recordó haber llamado por otra cosa.

2

La noche anterior llovió. Pero no sólo eso. Los vientos -para unos huracanes, para otros reventones- ocasionaron grandes y pequeños destrozos. En los medios gráficos daban cuenta de los muchos barrios sin servicios públicos y se contaban 15 muertes “a causa del temporal”.

Ese día comenzaba lo que para unos es la semana santa, para otros el jueves santo y para muchos un fin de semana largo. Los empleados de la compañía proveedora de servicio eléctrico tuvieron que resignar su feriado. Las distintas patrullas trabajaban para solucionar los problemas que tenían aquejados a gran parte de la población. Aún así, los anuncios no eran alentadores “el retorno del servicio puede demorarse un mínimo de 24 horas”.

Esa misma semana, pero el lunes, una compañía proveedora del servicio de telefonía móvil había sufrido un percance. Todos sus usuarios se vieron imposibilitados de utilizar su servicio. A raíz de eso, desde la telefónica decidió que todos sus clientes podrían mandar mensajes de texto de manera gratuita durante la semana santa.

Quizás la historia comienza ahí.

3

Al contárselo, reconoció la derrota. A ella le pareció extraña la manera de asumirla. Pero él fue sincero y le dijo que, si la razón hubiese estado de su lado, se lo habría contado con el mismo entusiasmo. Entonces, lo mejor era disfrutar que ahora sabían la verdad de la historia –esa que el narrador no contaría.

Esa charla continuó como lo hacen las charlas entre amigos. Cuando cortó el teléfono, supo que le esperaría toda una larga jornada de soledad y silencio. En otras situaciones los libros podrían ser un gran refugio, pero junto a las sombras asediaba el tedio.

En algún momento de la tarde, recordó haber leído que su compañía telefónica acreditaría los mensajes de textos. Hacía tiempo no usaba el móvil, y mucho más que no cargaba crédito a su línea, pero no quiso desperdiciar la oportunidad de utilizar un servicio de manera gratuita. Así que envió un mensaje de prueba. El mensaje fue entregado exitosamente y tuvo pronta respuesta. Era ella corroborando que el rumor era cierto.

4

Pero las historias suelen tener varias aristas. Y los hechos se terminan entrelazando para conformar un texto. De tal forma es así que, incluso en los cuentos que intentan dar cuenta de un suceso real, algunos de los elementos deben ser falseados.

“Un cuento cuenta siempre dos historias”, dijo alguna vez Ricardo Piglia. En todo cuento habría una historia visible sobre la que se construye la otra, secreta. El relato, entonces, está al servicio de construir ese enigma que es el que le da forma al texto.

Aquí sólo hay una historia, la visible, y da cuenta de una persona a la que le cuesta estar sola.

5

Aquel fue el momento en que todo comenzó. Él le contaba lo que le iba sucediendo: las charlas que escuchaba al salir a la calle, sus deseos por comer una rosca de pascua casera, lo poco animado que se sentía.

Ella le hacía bromas. Él se las tomaba muy a pecho. Ella le explicaba que no todo tiene simbolismo.

Más tarde hablaron de cine. Él, a oscuras, recordaba películas como si fuese el personaje de una novela. Se sentía, de alguna forma, prisionero.

Seguía aburrido y ella le dijo que se pusiera a escribir. Él no sabía sobre qué escribir, hasta que recordó el consejo de Hemmingway: “hay que escribir sobre lo que se conoce”. Entonces le dijo: “voy a usar nuestros mensajes como historia, los voy a transcribir, pero no voy a decir tu nombre”.

Finalmente, como todos los lunes, él le pasó el boceto de lo que escribió. A fin de cuentas -como ella le dijo- es un niño en busca de aprobación.

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