"Can you start our real conversation?"

Hace poco empecé a ver Community, para ser más preciso el viernes. Desde ese día hasta hoy he visto dos temporadas completas. La serie, sencillamente, me encanta. Hay varios motivos: 1) los episodios no duran más de 21 minutos, 2) es cómica, 3) es demasiado nerd (me pierdo, por tirar un número, el 70% de las referencias, pero disfruto las que engancho), 4) es la primera vez que no me identifico con el friki (Abed), sino con el protagonista (aunque no totalmente, claro).

Creo que este tipo de entrada debería ir en mi blog de cine, pero por hoy lo publico acá y cualquier cosa mañana lo traslado.

Abed: ¿Pulp Ficition, batidos, límites? Escucha cómo nos hablamos el uno al otro. Somos como robots intercambiando frases hechas y referencias.

Jeff: ¿Y crees que decir eso cuenta como una conversación real? ¿Sabes cuántas personas falsas están hablando de cómo de falso es el mundo ahora mismo?

Abed: Está bien, soy nuevo en esto, ¿así que puedes tú empezar nuestra conversación real?

Jeff: No creo que haya algo semejante. La conversación fue inventada por los humanos para disimular la realidad. La usamos para suavizar nuestro camino a través de la selección natural. ¿Sabes quiénes tienen conversaciones de verdad? Las hormigas. Hablan vomitándose sustancias químicas en las bocas las unas a las otras. Van al grano: "—¿Por dónde se va al picnic?" "—Por ahí". Los humanos estamos más evolucionados. Mentimos.

Abed: No todo el tiempo.

Jeff: Eso es mentira.

Abed: No mentimos cuando estamos solos.

Jeff: La mayor mentira de todas. Nueve de cada diez mentiras tienen lugar a quince centímetros del espejo del cuarto de baño. La mayoría de nuestras mentiras las decimos en solitario.

Abed: ¿Cómo es posible mentir cuando estás solo?

Jeff: Puedes llamar a una línea erótica. Eso es mentirte a ti mismo.

Abed: No, es ser honesto con un extraño sobre estar solo.

Jeff: ¿Y si eres deshonesto sobre por qué estás solo? ...

Cuando mi papá era jóven podía caminar muchas cuadras. Recuerdo que cuando yo tenía unos ocho años los sábados salíamos a caminar. Mi mamá y mis hermanas se iban a la feria y nosotros a callejear.

En esas caminatas él me enseñó a perderme, a conocer el barrio, el nombre de las calles, a charlar, a pensar, a guardar secretos y a volver a casa.

Extraño esas caminatas con él; pero todavía puedo compartir las charlas, los secretos y la casa.
Schneckentraum


Hay veces en las que uno no se termina de arriesgar. Este corto habla del amor a primera vista —quizás sería más preciso decir enamoramiento— y del temor que genera pensar que se está por cometer un error. 

De alguna manera, El sueño del caracol también habla de las oportunidades, de cómo uno las genera y cómo uno, a veces, las deja pasar.

Espero que no dejen pasar la oportunidad de ver este sencillo y hermoso corto.



Chau, Ray

Esta publicación es distinta a todas las otras, desde ayer estoy muerto. Mejor dicho, esta redacción es irreal, Bradbury jamás la verá.

Gordo lindo, de anteojos gruesos, escritor de ciencia ficción. De alguna manera delineó mi destino. Recuerdo que la primera novela que realmente me gustó -yo siempre fui lector de cuentos- fue Farenheit 451. Es cierto, la leí por obligación para la escuela. Eso no impidió que la disfrutase.

Ray Bradbury

Entonces tenía quince años y ese libro, de alguna manera, me abrió la cabeza. Lo leí en una tarde y lo volví a ler varias veces. Incluso ahora, cada tanto vuelvo sobre sus letras —de alguna forma me acerca mucho a ese pibe idealista que alguna vez fui. Algo más, fue lectura compartida y comentada. No creo que el lector lo recuerde, pero fuera de catecismo, la primera persona con la que comencé a hablar de libros fue aquella chica de la que no me enamoré. Ayer me enteré de la muerte de Ray y me acordé no sólo de ella sino también de la frase dura e implacable de Applegate:

Applegate: Como dice el capitán, una vez que una cosa acaba es como si no hubiese existido.

en Ray Bradbury "Calidoscopio" en Columna de fuego.

Hoy las palabras me salen de forma atolondrada, como siempre. Pero cuando uno le quiere rendir homenaje a un escritor que fue importante en su vida, lo nota mucho más. Hoy leí varias notas necrológicas, pero una me hizo recordar que mi primer cuento -ese del que uno se siente orgulloso por primera vez- lo escribí a partir de una frase de Ray. Era, sin embargo, un cuento que en nada se parece a los de él.

Unos años después, se lo mostré a un viejo escritor ese que escribió "el lunfardo es un código entre dos para que no entienda un tercero" o "cada palabra arrastra su propia memoria". Él pensó que ese cuento lo había escrito una chica y a mí me pareció que ese era el mejor halago que me podían hacer. La historia vivía y mi voz no estaba impresa en el papel.

Hoy leo el relato y lo veo como lo que era: un wannabe de relato. Quizás como esta entrada.

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"Voy a matarlos"
Entró precipitadamente al baño, había tenido un mal día y lo único que quería era vomitar y sacarse todo lo malo que llevaba adentro. Ahora ya se sentía mejor, al menos no sentía arcadas; se cepillo los dientes, y tomó un vaso de leche. Escencial para bajar la acidez, se decía.

Observó el cielo y cómo éste parecía unirse a sus sentidos, largándose a llorar. Sonrió, por ese instante feliz. Sin embargo, no podía sacarse de la cabeza a los idiotas que morbosamente la atormentaban hasta provocar su llanto. Los odiaba, pero nada podía hacer contra ellos.

"Voy a matarlos", pensó y por ese ínfimo momento sus ojos parecieron brillar.

—Sí, voy a matarlos. Ja, ¿quién ríe ahora?

No parecía ser la misma chica tímida que todo el mundo conocía. En privado era otra, no existían los complejos y, generalmente, se la escuchaba cantar.

Tenía una idea fija y nadie podría evitar que hiciera lo quería.

Pensó en sus padres y en sus perros, que eran lo único que tenía, lloró por ellos, se maldijo por los otros y reía por su gran idea. Se dirigío al baño, rompió el espejo de un golpe, no necesitaba testigos. Vio de sus manos desprenderse gotas de dolor y melancolía, de vida, de odio; sí, eso era lo que recorría por su cuerpo el amor en su estado negativo, espesandole la sangre y sometiéndola a la agonía.

Ya nada importaba, tomó un pedazo del espejo destrozado y lo deslizo verticalmente por su brazo izquierdo, "el hemisferio del corazón" solía decir. "Los maté", susurró mientras caía, las luces se desvanecían y ella dormía por siempre.


publicado originalmente en Genteloca: 07:38 pm @ 2005-05-20
Don't Panic

Es viernes, lo sé. Para este sitio suelo escribir (y luego publicar) los lunes. Esta vez, sin embargo, no pude esperar. Resulta que decidí abandonar Facebook: algo momentáneo, algún día volveré.

Por ahora, me dije, la pausa será hasta agosto, el mes de las vacaciones. Supongo que ese tiempo que pasaba navegando en la red social lo utilizaré en este blog. De todas formas, uno nunca puede estar seguro de lo que hará o dejará de hacer.

*

Esta vez, además, tengo ganas de dejar una canción: Someday We'll Know de los New Radicals. Hace mucho tiempo no escuchaba esa canción. Hoy fue la primera vez que le presté atención a la letra. No puedo decir que me gustó, porque tiene dos estribillos que para mí son incompatibles. Uno termina diciendo: Algún día sabremos porque no fui para vos; el otro: Algún día sabrás que yo era el indicado (the one) para vos.

El primero, a pesar de lo pesimista del mensaje: no hemos terminado juntos, casados y comiendo perdices; me parece optimista, en este sentido: algún día sabremos por qué no debimos estar juntos, sabremos que pudimos ser felices, no nos rebajaremos a seguir anhelando una dicha que no fue.

El segundo, en cambio, me parece revanchista y, por eso mismo, pesimista. En un futuro, seremos viejos y cada uno tendrá su vida armada. Entonces, vos, te darás cuenta de que en el pasado has cometido el peor de los errores, no me elegiste a mí. No elegiste al indicado. Ahora ambos somos desdichados.

*

El tema tiene otra parte que me interesa: algún día sabremos por qué Sansón amó a Dalila. Es decir, algún día sabremos por qué el hombre se somete a esa doble traición. La primera es una traición cometida por Sansón hacia su Dios, su pueblo y la Ley sagrada: amar a Dalila que es una Filistea. La segunda es una "sufrida" por él: amar a la persona que lo entrega a sus enemigos. En definivas, algún día sabremos por qué el hombre se arropa en el sometimiento que supone ser un ser amante.

Que me interese, no quiere decir que lo comparta. Sólo me permito pensar lo que la canción implica en su letra. O lo que yo puedo pensar que la canción implica hoy, un viernes 25 de mayo de 2012.


*

Don't Panic.
A confesión de parte...

Sé que hoy tendría que publicar la entrada sobre la que todos mis lectores discutirán a lo largo de la semana, pero la verdad es que estoy algo retrasado con mis tareas para la facultad: tengo muchas lecturas pendientes y todavía tengo que ejercitar mi latín. Entonces, este fin de semana me la pasé escuchando música, mirando películas y leyendo cosas que no debía leer.

¿Puedo serte sincero, fiel lector? Ya le perdí el gusto a esto de escribir para publicar. Puedo pensar que hay muchas razones por las que eso sucedió, pero el más sincero es este: ya no tengo las mismas motivaciones que al comienzo. En el primer post quería contar, luego quise imitarme, ahora sólo me gustaría seguir. Inercia, que le dicen.

Hay otro motivo, hace unas semanas abandoné a mi lectora implícita. Ella además de ser, de algún modo, la destinataria de los textos, era quien los corregía. Pero un día me dije: no debería molestarla con "esto". Y cuando uno refiere a su texto con un pronombre es porque no le gustó lo escrito. Desde hace unas semanas, entonces, desde que dejé de pensar en ella como destinataria -sólo para obligarme a no pasarselo- la cosa se me tornó más complicada. Sin saber a quién uno se dirige, tampoco sabe muy bien qué decir ni cómo hacerlo.

El Qué. Dicen que sólo hay dos cosas indispensables para la escritura: tener algo que decir y decirlo. Eso que parece tan sencillo, siempre me costó. Aún así, debo suponer que la vida me irá dando nuevas anécdotas para contar y que sabré identificar cuáles pueden ser escritas y cuáles no. Hoy, no ha sucedido nada. Y, aunque algún episodio del día podría ser contado, tampoco le pondré muchas ganas. Acá al lado, a diez centímetros del teclado, me espera el último capítulo de una novela que quiero terminar de leer. Sinceramente, siempre me importó más leer que escribir.

El Cómo. Hasta ahora siempre vine imitando mi primer entrada. No veo nada de malo en eso. Tampoco le veo nada bueno. Sólo le veo el sentido práctico: ya estoy acostumbrado a hacerlo así.

Como verán, salvo que ustedes no vuelvan, esto no es una despedida, sino, más bien, a penas una confesión de parte: hoy no tengo nada que decir y tampoco tengo la intención de imitar al joven que publicó la primer entrada, que eligió una forma de presentación del discurso dividad en cinco partes.

Sé que hay personas más constantes. Si ustedes son lectores constantes, busquen escritores constantes. Yo me ofrezco así: interrumpido y fragmentario. Si les gusta, quizás sigamos compartiendo este algo que con el tiempo fuimos creando.

Saludos,


hasta algún lunes*.

Nota al pie:

* Seguramente no dejo pasar una semana, incluso para quejarme de lo poco que estoy escribiendo o de que nunca terminé el capítulo de la novela o para hacerles saber de mis otros blogs para los que sí escribo.

Letras de canciones

1

Es lunes por primera vez en la semana. Pienso que antes me era más sencillo y grato esto de escribir. A los quince años, creo, empecé a garabatear algunas cosas. Por aquel entonces yo estaba empecinado en aprender inglés traduciendo canciones y, por un diccionario de Clarín, había descubierto que las letras de Radiohead me gustaban mucho. Como los de ahora, mis primeros textos fueron, a fuerza de transcripción, epigonales: un devoto plagio.

Este fin de semana me sentí cerca de ese muchacho que fui, de la mano de un amigo volví a escuchar un tema que ya no recordaba: Thinking about you del disco Pablo Honey. Irremediablemente entré al mundo Radiohead por ese disco, pero por otro tema: Creep. Esas dos canciones eran como himnos frente a lo que me pasaba con una de las tantas chicas a las que admiré. En este caso, ella escribía y a mí me encantaban sus textos. Recuerdo que le brotaban los adjetivos y que los asentaba en el lugar preciso. Para mí esas cosas que contaba y la manera en que lo hacía la tornaban especial. Y del otro lado yo me sentía creep (funesto) y weirdo (bicho raro).

2

En uno de los tantos baúles que hay en casa tengo alguno de mis papeles. Impresiones de todo tipo: dibujos realizados en el paint, fotos en blanco y negro con frases de canciones, tablaturas de todo tipo —anyone can play the guitar— y, finalmente, una carpeta con esos noveles textos. Mi juvenilia.

Ahí comprobé, satisfactoriamente, que no sólo había copiado las letras de  Radiohead. Por aquel entonces leía muy poca poesía —lo sigo haciendo, la poesía me parece un lenguaje al que no puedo acceder— y las letras de canciones suplían esas lecturas. Andrés Giménez y Martin Gore eran mis poetas predilectos. El primero por el ritmo que tenían algunas de sus letras, con él comprendí que hay cosas que nacen para ser cantadas cuando aún no conocía la palabra cadencia. Recuerdo que había escrito un poema que decía así:

Dentro de mí, dentro de mi ser,
encontraré algo en qué creer:
Una razón para no ceder,
para luchar.

El poema seguía, pero mi memoria no lo retiene y tampoco estaba en el baúl. Pero sé que lo publiqué en la antigua página a la que solía entrar. (El ritmo es el de Revolución).

3

Con el tiempo entendí que pretenderse un bicho raro era otra manera —quizás negativa, y muchas veces elitista— de sentirse especial. Por suerte también aprendí a no sentirme especial. Así dejé de pensar que era un bicho raro.

Por otra parte, tampoco nunca me gustaron las dádivas, así que también supe alejarme de ciertos lugares. Supe mudarme. Cruzar de vereda. Seguir letras.

4

Gore es otro al que siempre imité. En su momento me gustaban sus canciones porque eran políticas y bailables: Tora! Tora! Tora!; Master and Servant; People are people. Pero también sus temas de corte más intimista. Recuerdo que en una época me la pasaba escuchando Somebody.

De alguna manera quería escribir como él, pero como sabía que incluso el mejor de mis esfuerzos quedaba muy por debajo de mis expectativas, decidí publicar las pocas cosas que me agradaban bajo un seudónimo y luego varios. 

Los himnos personales van cambiando. En una época fue Insight. Más tarde, actualmente, Suffer Well y su estribillo bailable.   

5

Ahora son las tres de la mañana, la gente duerme. Pablo Honey se repite: You, How do you? I Can’t (stop) Thinking about you, Ripcord.

Termino acá, maldigo mi educación. No puedo encontrar las palabras para decir las cosas atrapadas en mi mente. (Oasis)
Escribir

1

Me está costando mucho escribir. Así que la semana pasada me dije: es feriado, date el día. Escribir, leer, corregir son mis únicas actividades. Por estudio o por placer, siempre estoy haciendo eso. A veces se goza, a veces no.

Hoy, por ejemplo, no tengo ganas de escribir. Tengo que realizar otros trabajos y ponerme a practicar latín. Pero no quiero dejar de ejercitar esta práctica, no quiero dejar de ser regular. Ya me lo había prometido: todos los lunes una entrega. Y no voy a dejar de cumplir, a menos que caiga un feriado. Eso sí, esta vez no hay nada que contar. Por lo que quizás todo termine en un mix sin sentido.

2

Ayer encontré una novela de Alejandro Zambra que, por no saber buscar o por que no tuve tiempo, no pude comprar la vez que fui a la Feria del Libro. De Zambra, hasta ahora, he leído todo: menos sus ensayos. Zambra es un joven escritor chileno -cuando se es escritor la juventud se extiende hasta los cincuenta. Zambra, Zambra, Zambra. He escrito muchas veces su nombre.

Formas de volver a casa es la novela que encontré y leí. Tardé mucho en leerla, porque me impuse un método de distracciones -leer otras cosas, mirar videos, hablar con gente con la que ya no me hablo, tomar café, parir un blog- para que no se me termine la novela. Así, leí 98 páginas en casi 12 horas. Lamentablemente, nada dura para siempre.

Bonsái, La vida privada de los árboles, Formas de volver a casa. Algún día escribiré sobre Zambra, ahora escribo sobre lo que me pasa con él. 

3

Siento que yo podría ser un muchacho chileno que estudia en Santiago y por medio de Zambra descubro a Borges, a Macedonio, a Hebe Ubart. Pero no, nací de este lado de la cordillera y por medio de Zambra descubro las cosas que me son naturales de tanto vivirla.

Hay algo que me atrae de cierta narrativa chilena. No puedo decir que me guste Edwards o Allende -Edwards me aburre, Allende no; pero de ella gustar, lo que se dice gustar, sólo Mi país inventado-, pero sí me gustan mucho Alberto Fuguet y este ya tan mencionado Zambra. Yo supongo que de alguna manera me siento identificado con ellos: Fuguet y su Las películas de mi vida me hizo tener un blog en el que empecé a hablar de las películas que veía y también me reconcilió con el cine. Cuando lo combiné con Zambra salió este blog.

Fuguet y Zambra no tienen nada que ver.

4

Ayer mientras leía la novela de Zambra lo hacía en voz alta -otra forma de detener la lectura- y me escuchaba intentando una tonada chilena, imitando al protagonista de Te creís muy linda, pero erís muy puta. Y cuando pensé en lo que hice durante todo el día, se me vino la imagen del protagonista de Velódromo: sentado frente al monitor de la computadora, tomando cafè, leyendo cosas en internet -incluso en inglés para demorar más la lectura. Solo, aislado. Más aislado que solo. Alguna vez voy a escribir sobre eso: mi gran familia y mi aislamiento.

Pero ahora estoy escribiendo sobre mi día chileno. O al menos, ahora que estoy pensando en todo lo que escribí más arriba, eso creo. ¿Debo cambiar la introducción? No, he dicho que hoy no sé qué escribir, así que voy a dejar salir lo que salga. 

5

El viernes había terminado de leer otra novela, La anunciación, pero de una argentina: María Negroni. Ella es poeta, como Zambra, y escribió una novela sobre la dictadura, como Zambra. Creo que desde la novela Amalia de Mármol -otro ciego director de la Biblioteca Nacional, como Groussac, como Borges- todas las generaciones latinoamericanas, lamentablemente, han tenido una dictadura sobre la que escribir. Mármol también era poeta.

No sé por qué se me dio por asociar eso, escribir eso, redactar esta explicitación. Hoy no estoy escribiendo, estoy apenas plasmando lo primero que se me viene a la cabeza. Y eso no me gusta. Prometo que la próxima semana vuelvo a escribir algo, pero por ahora dejo esto como muestra de lo mucho que me está costando escribir.

Supongo que el mejor remedio es la práctica. Los periodistas escriben todos los días y también a ellos les cuesta, pero escriben. Habrá que aprender de ellos, como el protagonista de Tinta roja.

1

Los domingos suelen ser tediosos, a menos que los salve el asado o el fútbol. Ayer no hubo nada de eso. Pero no me quejo, el martes de forma inesperada nos dimos el lujo de compartir un regio asado en familia, con bastante alcohol y mucho chimichurri. Debí comer menos chimi, pero sinceramente a mi viejo le sale muy bien.

En cuanto al fútbol, es cierto: lo extraño. Desde que uso lentes no he vuelto a jugar, quizás por miedo, estoy demasiado acostumbrado a ellos. Si me los saco, el mundo se torna borroso. Así que sin lentes, no serviría ni de arquero. De todas formas no me vendría mal hacer ejercicio físico, últimamente sólo corro cuando juego a la pelota con uno de mis sobrinos. Aclaro, no jugamos al fútbol, jugamos a la pelota.

Regresemos al principio para empezar a contar, los domingos suelen ser aburridos y más si uno no realiza ninguna actividad, si se queda en su casa a chupar frio, a conectarse a Facebook, a jugar en Pottermore. Al menos dos de esas cosas, de alguna forma, entretienen. He olvidado una tercera cosa que puede salvar un domingo: la música.

2

Con mi viejo tenemos una extraña relación. A veces parece que profesamos una de esas amistades inglesas, en las que sólo intercambiamos opiniones sobre libros o películas o jugamos a la escoba del quince -nuestro ajedrez-, y otras parecemos contertulios que, ebrios, discuten sobre la actualidad política. Hay un punto donde nos encontramos fuera de esas máscaras, hay algo que a los dos nos gusta por igual, pero donde se nota mucho su formación clásica, frente a mi poca o nula disciplina: la música.

En sus épocas de juventud -me cuenta- estudió canto y algo de piano. Se nota que le gustaba, porque cuando está bien de salud se lo escucha cantar. Pero mientras yo canto como se me viene en ganas -un amigo me dice que a veces parezco el cantente de El Bordo- él canta canciones populares de los cincuenta como si fuese tenor. La clásica es esta:

En el bosque da la china,
una china se perdió
como yo era un chinito
nos encontramos los dos

Era de noche, y la chinita
tenía miedo, miedo tenía
de andar solita (…)

El tema es bastante conocido y -cuando lo escuché de otra persona- me resultó extraño que la letra diga: como yo era un “perdido” nos encontramos los dos. De todas formas, con esto no pretendo decir nada de Hugo del Carril, prefiero la versión de mi viejo.

3

Los que conocen la intimidad de mi familia saben que la cotidianeidad está colmada de voces. Somos muchos y, afortunadamente, todavía seguimos estando juntos. Esto puede, de alguna forma, alterar los nervios. Pero en el fondo lo agradecemos. Ese ruido constante, de alguna forma debe emparentarse con nuestro extraño apego a la música. Mi hermana, por ejemplo, hace poco tiempo se compró un violín e intenta tocarlo. Lo primero que tuvo que aprender es cómo hacer sonar las cuerdas. Si las cuerdas y/o el arco -no soy especialista- no tienen resina, no vibran y, por ende, no suenan. (muchos no en un reglón, agrego otro, no voy a corregirlo).

Mi hermano mayor, en sus épocas, tuvo dos bandas de cumbia. A él le gustaba cantar y también le gustaba la percusión. Jamás tuvo paciencia para una guitarra y, aunque decía saber tocar el teclado, muchas veces dio pruebas de todo lo contrario. De alguna forma, en el nombre de sus bandas se delineaba lo que les esperaba: Plaff y Los pasajeros.

El último nombre, nos dijo, estaba basado en la banda que le gusta a mi hermano del medio: Depeche Mode. Para ser precisos, él es fanático, pero la banda le gusta a todos los integrantes de la familia.

Otra de mis hermanas gusta del candombe y las comparsas. No suele tocar porque siempre anda de un lugar a otro, laburando. Pero cuando se da el gusto, viene a casa, nos cuenta y se la nota feliz. Ella, como mi hermana que mencioné más arriba, dibuja muy bien. Pero lamentablemente tampoco tiene tiempo para eso.

4

En casa tenemos un teclado. A mí me gusta tocarlo, pero la verdad soy un queso. Mi viejo, por otra parte, con su artrosis a cuesta suele sentarse a sacar melodías. No puede acompañarlas con los acordes, en principios porque ya no recuerda y, por otra parte, porque sus manos que muchos años utilizó para obrar ya no le responden como él quisiera. Aún así es agradable verlo sentado, sacando melodías sobre las que se pone a cantar.

Recuerdo que cuando yo era muy chiquito íbamos a los supermercados y nos deteníamos en la parte en la que estaban los teclados -creo que esas zonas ya no existen, pero la verdad hace años que no voy de compras. Nos deteníamos ahí y él empezaba a tocar, como le salía, Für Elise o Para Elisa. Yo lo veía a mi viejo y pensaba que era un genio. Han pasado los años y lo fui confirmando.

Un día mi hermano depechero -yo le diría devoto, pero podría causar confusiones- llegó a casa con un minicomponente Sony y una colección de música clásica que le vino de regalo. Ahí no más, mi viejo se quedó con los discos de Mozart y Beethoven y yo con el de Chopin. Aunque mi elección fue más tardía, porque no conocía nada de esa música y de todo lo que escuché Chopin fue lo que más me gustó.

Mi hermano, el depechero, también gusta de Chopin y una vez me dijo: Mozart era un dios componiendo, pero Chopin componía para los dioses.

5

Hace poco con mi viejo, vimos la película A song to remember, que retrata la vida de Chopin. Fue una decisión repentina, yo le contaba que acababa de ver un video y él me preguntó: ¿no se puede ver películas por eso? Y al responderle que sí me dijo: fijate si está La canción inolvidable.

La encontré en Youtube y nos la pusimos a ver con intervalos, porque estaba divida en 8 partes. Al final de la película yo estaba llorando. Lo miré a mi viejo y él estaba secándose los ojos. Me sentí contento o no sé, hay sentimientos para los que todavía no tenemos palabras.

La tarde de ayer también tuvimos a Youtube de aliado. Escuchamos canciones de Berniadino Gigli, Antonio Prieto, Mario Lanza y Alfredo Krauss. En una yo puse a Cantinflas y él recordó a Jorge Negrete. Entonces cantó:

Te voy a hacer los calzones
Como los usa el ranchero,
Te los comienzo en la cama
Te los termino en el suelo.

1

Si me preguntaban dos horas antes, yo les decía que quería quedarme en casa y dormir. Hace tiempo que me estoy dando cuenta de algo: estoy viejo. No me surgen las ganas de salir y ni que hablar de ir a bailar. Pero este sábado salí y bailé.

Tengo un amigo que es un entusiasta de la noche, él me dijo que no me ortibe y lo acompañe. “Además -agregó- van los chicos y hace mucho no estamos todos juntos”. Ese dato me alentó un poco más. Aún así no estaba de muy buen humor, por lo que me negué a acompañarlo a Banfield y terminamos en los suburbios de Burzaco. Es decir, en plena estación.

Como acostumbramos, hicimos nuestra previa en la plaza. Compramos un litro de cerveza y nos pusimos a hablar sobre la vida, sobre la nada, sobre esas cosas de la que se habla entre amigos. Por un buen rato fuimos tres esperando a que llegara el cuarto.

Y de pronto llegó Jimmi, la momia. Nos miró y nos dijo: “Ustedes acá sentados me hacen acordar a nosotros, en los setenta, en plaza Francia. Éramos jóvenes. Nosotros fuimos los primeros hippies”.

2

A mí las plazas me encantan y, de alguna manera, también me transportan a mis años de juventud. Eran plazas bastante distintas a las que veo ahora, más grises y descoloridas, con los juegos destruidos y con muchos pibes vestidos de negro. Yo era uno de esos. En pleno verano, vestidos inclusos con medias negras. Éramos, nos decíamos, ñu metaleros.

Por entonces conocí a los pibes de Lomas. Unos locos bajitos que me presentó una chica con la que nunca jamás volví a hablar. Estos pibes, a diferencia de mis amigos, escuchaban la misma música que yo y también iban a recitales. Nos encontramos pocas veces, pero pegamos muy buena onda.

Con el tiempo, como es natural, fuimos creciendo. Unos se mudaron, algunos fueron padres, otros empezaron a trabajar y yo dejé de ir a la plaza. Nuestra pequeña camada de bandidos rápidamente se vio reemplazada por la de los @lternas y luego ésta por la de los Emos.

Ayer, en medio del boliche escuché a alguien nombrarme como hace tiempo no lo hacían. Un apodo que casi ha quedado en desuso y con una voz que no escuchaba hacía mucho tiempo. Me di vuelta y noté dos cosas: el pasado está a la vuelta de la esquina y el mundo, como dijo un amigo, es un dos por cuatro: “Vivimos en un tango”.

3

Jimmi nos dijo que no suele quedarse a hablar con la gente. Nosotros le parecimos “lindos pibes, gente buena” y, volvió a decir, “me hacen acordar a nosotros”. Esa compulsión hacia la repetición de Jimmi me hizo recordar el cuento de Piglia: “La loca y el relato del crimen”. Pero Jimmi no estaba loco, o no lo parecía.

“Yo los veo a ustedes y veo la película de mi vida”. De alguna manera nosotros también estábamos pensando en eso, si algún día filmáramos una especie de biografía grupal, Jimmi estaría en alguna de las escenas.

En este momento pienso: con él se iniciaría el relato. Nos contaría de su guitarra azul y cuando nos preguntase si tocamos algún instrumento, uno de los chicos le contaría sobre los tiempos en los que tuvieron una banda. El flashback es un proceso que me encanta.

4

Otra plaza, otro tiempo. Parque Lezama: verano ¿2009? En la memoria, el tiempo es algo confuso. En principio se confunden las fechas y los climas, por otro lado, uno cree recordar una situación, pero asocia a los nombres de los participes las caras que tienen hoy. Por aquel entonces, los actores fuimos: mi amiga quilmeña, la chica de Boedo y yo.

No veo a ninguna de las dos desde hace muchísimo tiempo. Ahora mantenemos contacto, pero de manera infrecuente. A la chica de Boedo solía hablarle por chat, pero hace unos meses dejó de trabajar y ya no se conecta tanto. Con la quilmeña siempre hablamos poco, pero de vez en cuando me pasa sus escritos: nunca comprendí por qué soy amigo de una piba que me parece tan críptica.

Por aquellos años nos vimos envueltos en un intento de gestión cultural. Hicimos algo así como tres encuentros. Finalmente todo terminó en la nada. No sé muy bien por qué, pero supongo que tiene un poco que ver con el hecho de que nunca me fue muy bien en ese tipo de cosas.

5

Llega el cuarto Beatle. Jimmi seguía hablando, nos contaba que era amigo de los Vox Dei. En eso lo vimos surgir de la oscuridad de los suburbios de Burzaco con su remera amarilla con una cara de payaso. Extrañamente llegaba a tiempo. Jimmi lo miró y dijo: “Éste con anteojitos tiene una cara de pícaro”.

Nosotros ya estábamos listos. Mi amigo, el entusiasta de la noche, le ofreció un último cigarrillo a Jimmi, cada pitada medía el tiempo que nos conducía a la despedida. Jimmi volvió a repetir que envidiaba nuestra juventud y, agregó, esperaba volver a encontrarnos para tocar algunos temas.

Cuando se terminó el cigarro, nos despedimos. Jimmi nos dio un abrazo. Y casi como si estuviese ahí para darnos una lección nos dijo: “La verdad del Rock and Roll es encontrar en la vida a la gente exacta”.

Ansiedad


1

Si esto fuese un cuento, habría un narrador que contaría en pretérito perfecto todo lo que sucedió. Entre otras cosas, diría que hubo un él que al llegar a su hogar se encontró sin suministro eléctrico, comió y se fue a dormir. Entre sueños, el protagonista de ese cuento se figuraba que al despertar ya no habría problemas con los que lidiar, pero la realidad -incluso en algunos cuentos- no suele ajustarse a los deseos. Entonces, diría el narrador, al despertar se encontró con que todo seguía igual.

El narrador entonces introduciría una nueva información. El protagonista del cuento necesitaba la electricidad para acceder a su ordenador, conectarse a Internet y contarle algo su amiga. La noche anterior había pensado en llamarla, pero estaba seguro de no querer molestarla. Y, por otra parte, sabía que ella podría llegar a gritarle por telefonearla a deshoras.

A la mañana esos temores ya no tenían razón de ser. Entonces él, finalmente, la llamó. Encontró agradable volver a escuchar su voz al teléfono. Meses atrás, cuando no contaba con el servicio proveedor de Internet, solía llamarla por cualquier asunto banal. Y se quedaban a hablando durante horas. Le pareció extraño rememorar con nostalgia algo que sucedía hasta hace muy poco tiempo. Estuvo a punto de decírselo, pero recordó haber llamado por otra cosa.

2

La noche anterior llovió. Pero no sólo eso. Los vientos -para unos huracanes, para otros reventones- ocasionaron grandes y pequeños destrozos. En los medios gráficos daban cuenta de los muchos barrios sin servicios públicos y se contaban 15 muertes “a causa del temporal”.

Ese día comenzaba lo que para unos es la semana santa, para otros el jueves santo y para muchos un fin de semana largo. Los empleados de la compañía proveedora de servicio eléctrico tuvieron que resignar su feriado. Las distintas patrullas trabajaban para solucionar los problemas que tenían aquejados a gran parte de la población. Aún así, los anuncios no eran alentadores “el retorno del servicio puede demorarse un mínimo de 24 horas”.

Esa misma semana, pero el lunes, una compañía proveedora del servicio de telefonía móvil había sufrido un percance. Todos sus usuarios se vieron imposibilitados de utilizar su servicio. A raíz de eso, desde la telefónica decidió que todos sus clientes podrían mandar mensajes de texto de manera gratuita durante la semana santa.

Quizás la historia comienza ahí.

3

Al contárselo, reconoció la derrota. A ella le pareció extraña la manera de asumirla. Pero él fue sincero y le dijo que, si la razón hubiese estado de su lado, se lo habría contado con el mismo entusiasmo. Entonces, lo mejor era disfrutar que ahora sabían la verdad de la historia –esa que el narrador no contaría.

Esa charla continuó como lo hacen las charlas entre amigos. Cuando cortó el teléfono, supo que le esperaría toda una larga jornada de soledad y silencio. En otras situaciones los libros podrían ser un gran refugio, pero junto a las sombras asediaba el tedio.

En algún momento de la tarde, recordó haber leído que su compañía telefónica acreditaría los mensajes de textos. Hacía tiempo no usaba el móvil, y mucho más que no cargaba crédito a su línea, pero no quiso desperdiciar la oportunidad de utilizar un servicio de manera gratuita. Así que envió un mensaje de prueba. El mensaje fue entregado exitosamente y tuvo pronta respuesta. Era ella corroborando que el rumor era cierto.

4

Pero las historias suelen tener varias aristas. Y los hechos se terminan entrelazando para conformar un texto. De tal forma es así que, incluso en los cuentos que intentan dar cuenta de un suceso real, algunos de los elementos deben ser falseados.

“Un cuento cuenta siempre dos historias”, dijo alguna vez Ricardo Piglia. En todo cuento habría una historia visible sobre la que se construye la otra, secreta. El relato, entonces, está al servicio de construir ese enigma que es el que le da forma al texto.

Aquí sólo hay una historia, la visible, y da cuenta de una persona a la que le cuesta estar sola.

5

Aquel fue el momento en que todo comenzó. Él le contaba lo que le iba sucediendo: las charlas que escuchaba al salir a la calle, sus deseos por comer una rosca de pascua casera, lo poco animado que se sentía.

Ella le hacía bromas. Él se las tomaba muy a pecho. Ella le explicaba que no todo tiene simbolismo.

Más tarde hablaron de cine. Él, a oscuras, recordaba películas como si fuese el personaje de una novela. Se sentía, de alguna forma, prisionero.

Seguía aburrido y ella le dijo que se pusiera a escribir. Él no sabía sobre qué escribir, hasta que recordó el consejo de Hemmingway: “hay que escribir sobre lo que se conoce”. Entonces le dijo: “voy a usar nuestros mensajes como historia, los voy a transcribir, pero no voy a decir tu nombre”.

Finalmente, como todos los lunes, él le pasó el boceto de lo que escribió. A fin de cuentas -como ella le dijo- es un niño en busca de aprobación.

Letras inconscientes


1

Debí haberme enamorado de la hermana. Pero por entonces yo buscaba lo excéntrico y ella, que entrenaba en un circo -practicaba acrobacias en tela-, se decía bersuitera y vestía pijamas, era la excentricidad en persona.

Su hermana tenía mi edad. Íbamos juntos al colegio y nos habíamos hecho conocidos en el último año, cuando unieron las dos comisiones de Economía. Recuerdo que le gustaba escuchar Pink Floyd, tocar la guitarra y leer. También que alguna vez me había comentado que le preocupaba usar sandalias porque tenía “un dedo mutante”. Yo no lo había notado hasta que me lo señaló, el dedo medio del pie derecho era un centímetro más largo. “Parece que hago fuck you con el pie”.

A uno de mis compañeros le gustaba y fue por él que la conocí. Al poco tiempo pegamos buena onda, intercambiábamos libros, pero más que nada opiniones. “Tal autor es genial porque critica el sistema capitalista y la opresión discursiva de la escolaridad”, “esa novela nicaragüense narra la lucha de los pueblos aborígenes y cómo su legado aún continúa corriendo por las venas de todos aquellos que se oponen a los regimenes dictatoriales”.

Por entonces tratábamos de convencernos de que éramos buenos lectores, pero lo cierto es que nuestras opiniones no decían mucho más que lo señalado en las contratapas de los libros o en alguna reseña leída en los diarios.

2

“Las obsesiones de un amante despechado nunca pueden fallar”. El personaje que interpreta Sergio Hendler en Graduados dijo eso -ya casi no miro novelas, pero como mi casa no es grande y está poblada de televisores siempre termino escuchándolas. Se refería a las canciones y lo que él creía que podía ser un hit.

Recuerdo que en infancia el tema Nothing Compares 2 U de Sinéad O'Connor estaba de moda. Todas las radios la pasaban, también el incipiente MTV. Por entonces sabía muy poco inglés y sólo alcanzaba a entender el estribillo: “Nada se compara a ti”. Ella lo canta muy bien y en el video llora. Uno se enamora al verla. Por entonces me preguntaba ¿quién habría sido el que la había hecho llorar?

Una de mis hermanas me comentó que el tema se lo había dedicado a su novio quien había muerto en un accidente. A eso, según ella, se refería la frase: “Hace siete horas y quince días desde que te llevaste tu amor”. A mí, sinceramente, me conmovió mucho saber eso.

Para escribir esto volví a escuchar el tema. Entonces descubrí una frase: “Todas las flores que plantaste en el fondo del jardín, madre, han muerto”. Y el sentido cambió totalmente.

3

Con ella fui a uno de mis primeros recitales. Una tarde me invitó a su casa y de ahí salimos a ver una banda under. Fuimos con el hermano y unos amigos. Por entonces solía tomar demasiado. Y esa noche no fue la excepción.

Llegamos al lugar un rato antes y me dijeron que fuera a comprar una cerveza. Fui al almacén que quedaba y el que atendía me dijo que a esa hora no venía. El hermano de la chica de quien debí enamorarme me dijo: “te vieron cara de pibe”. Se levantó, fue al almacén y volvió con dos cervezas.

Entramos. Como suele suceder, había pocas personas. De a poco se fue llenando, quizás se llegó a las 40 personas. Las bandas sonaban terriblemente mal, pero con los chicos pogueabamos para animar la fiesta. Yo también lo hacía para sentirme más grande y más fuerte. También tomaba por la misma razón.

Esa noche la terminamos en una panchería, la chica de quien debí enamorarme, el hermano, dos amigos de él y yo. Charlamos, nos cagamos de risa y, como era costumbre de la época, nos pasamos los fotologs.

4

“Cuenta la historia de un mago que un día en su bosque encantado lloró. Porque a pesar de su magia no había podido encontrar el amor”. Rata blanca es una de las bandas emblemas del metal argentino. Pelo largo, cuero y punteos de puta madre. Su público es recio. Tanto que se dan el lujo de cantar un tema que cuenta la relación amorosa de un hada y mago y poner cara de tipos malos, rígidos, duros.

En sus recitales nunca falta el pogo. Una persona que muchas veces extraño, un referente en mi vida, alguna vez me dijo que en Inglaterra la gente que se metía en los pogos buscaba salir lastimada, cuanto más lastimada mejor. Pero que en realidad el pogo no es violento. Después, cuando me pasó el Poder Latino, el primer disco de A.N.I.M.A.L. que escuché, entendí a qué se refería.

Con el tiempo y las pequeñas nociones de inglés que fui adquiriendo, noté que el metal en inglés también está plagado de canciones de amor y letras cursis. Ahora, por ejemplo, se me viene a la mente Tallullah de Sonata Ártica. Una parte de la letra dice: “Te vi caminando de la mano con el baterista de la banda. Estás enamorada de él o al menos lo parece, él está bailando con mi princesa”.

En una época me fanaticé con la música en alemán y traté de aprenderlo. Entonces también supe que, aunque el sonido fuese muy gutural y oscuro, muchas de las letras no tienen nada que envidiarle al “Solo aquí” de Airbag. Por ejemplo, Der morgen Danach de Lacrimosa comienza así: “Te necesito, necesito tu luz, para escapar de las sombras. No me ves, no me conoces, pero te amo desde lejos”.

Con el tiempo uno aprende que el metal no habla de cosas muy distintas a las que canta Cristian Castro. Así, una canción de metal puede hablar de un hada y un mago, como podría hablar de un astronauta y una bruja.

5

Con esa referencia bersuitera, vuelvo a la chica del comienzo. No a la hermana, sino a aquella de la que finalmente no debí enamorarme.

Recuerdo que la primera vez que fui a su casa no sabía de su existencia. Pero cuando abrió la puerta y me recibió en pijamas y con el pelo revuelto me enamoré. Me presenté y casi de mala gana, me dijo “está en su pieza, tocando la guitarra, pasá”.

Más tarde me enteré que era la hermana menor, que no la conocía porque estudiaba en un privado y que era fanática de la Bersuit. Con el tiempo y gracias a Hijos del culo entendí por qué.

La chica de quien no me enamoré, tocaba la guitarra y era fanática de The Doors, entre otras bandas. Hace poco me enteré de que terminó estudiando filosofía, de que ya es profesora y de que está felizmente soltera. Después de terminar el colegio no la volví a ver.

La otra, la chica de la que finalmente sí me enamoré, ya no escucha Bersuit, trabaja en un supermercado y está felizmente de novia. He visto fotos de ella y su felicidad. He visto fotos con su traje de cajera de Jumbo. He visto que esa linda muchacha que conocí se transformó en una mujer hermosa.

En diciembre cumple años. Yo siempre lo recordé. El año pasado no fue la excepción. Pero lo que no había hecho antes fue escribirle. No sé por qué razón, esta vez tuve la necesidad de hacerlo. De alguna manera ahora lo tomo como una forma de cerrar el ciclo, pero también pudo haber sido un sencillo y torpe acto.

Lo cierto es que hay personas que quiéralo uno o no, nos marcan. Hay letras que terminamos dibujando de manera inconsciente. Hay palabras que descubrimos por ellas y continúan arrastrando su memoria. Y se sangran las rodillas al toparse con su ausencia.

¿Yo debí enamorarme de su hermana? Tal vez, sólo para no dedicarle estas palabras que acrecientan su recuerdo. Y su ausencia.


Formas de pasar el tiempo

1

Uno suele desperdiciar el tiempo. Ayer, por ejemplo, fui a una fiesta en la que me aburrí demasiado. Durante las seis horas que pasé en ese lugar pensaba en cuántos otros lugares podía estar -no muchos- y cuántas otras cosas podría estar haciendo -dormir, leer, escribir, mirar algunos capítulos de New Girl.

Agradablemente la noche se salvó gracias a un espectáculo de danza. Alrededor de las cuatro de la mañana se presentó un elenco de bailarines que comenzaron a animar la fiesta. Ese espectáculo demandó, al menos, una hora de mi atención. Vale confesar que la mayor parte de los que estaban en el lugar ni siquiera lo miraron. Pero, como he dicho, yo estaba especialmente aburrido. Y a eso hay que agregarle algo, una de las bailarinas era hermosa.

Mi bailarina era colorada, hermosa, tenía una gran elasticidad y bailaba bastante bien. Era carismática: todos los que hubiesen prestado atención la habrían observado a ella. Durante una hora me concentré en ella. La vi seguir con precisión las coreografías, la vi actuar con efusión en aquellos momentos no coreográficos y la esperaba con ansias cada vez que se ocultaba hacia los camarines.

Después de esa hora también me aburrí de ella. O de ese juego de espectador baboso. O quizás sólo caí en la cuenta de que yo estaba en ese lugar para festejar un cumpleaños ajeno. Y más allá de mi aburrimiento, debía pasar tiempo con el celebrado. Así que volví con el grupo de no amigos que el cumpleañero había invitado y traté de bailar o hacerme parte del grupo. Pero ya era tarde y estaba cansado, así que a los tres temas volví a apartarme, esta vez hacia la barra.

Ahí me puse a pensar "cuántas horas del día desperdiciamos a diario", luego miré el reloj y me di cuenta de que había pasado en el lugar al menos cuatro horas. Entonces caí en el tópico que alguna vez me propuso una amiga: “¿Qué harías si el mundo se terminase en cuatro horas?”

2

La situación me hizo recordar esa propaganda de Axe en la que un tipo abrazado a dos mujeres entra a la fiesta del Apocalipsis. Si la noche de ayer hubiese sido el fin del mundo, yo habría desaprovechado mis últimas horas. En la fiesta estaba solo, lejos de casa y en un lugar en el que, en otras condiciones, no hubiese querido estar. Sinceramente, me pregunté ¿es una fiesta la mejor forma de pasar tus últimas horas?

Entonces, recordé una película que vi a principios de este año: Melancholia. Un mal resumen de la película podría ser este: se sabe que un meteorito va a destruir la tierra, uno de los personajes está confiado en unos cálculos matemáticos que desmienten eso. Finalmente, este personaje -padre de familia- se da cuenta de que el final es inevitable. Se suicida. Su mujer, su hijo, y su cuñada pasan sus últimos momentos jugando.

La película no es mala, yo la cuento mal. Aún así, noto una relación entre esa película y la propaganda de Axe: la celebración. Tanto en las fiestas como en los juegos no importa mucho la sucesión del tiempo, y sin embargo ambas actividades tienen etapas; uno puede abandonar en cualquier momento; la gente que juega o festeja son parte de una comunidad en los que rigen ciertas convenciones: si hay música hay que bailar, por ejemplo. Cada elemento de esa celebración es un símbolo que se torna reconocible en la medida en la que uno ya esté introducido en esas convenciones o en esa comunidad.

Son estas celebraciones formas de evitar pensar en la sucesión del tiempo. Los juegos y las fiestas se rigen por un tiempo otro. Los cumpleaños que son una forma de señalar el avance del tiempo requieren alguna celebración. De alguna manera u otra, la idea de la celebración es la de evitar hablar sobre algo.

Hace poco leí un texto de Gonzalo Garcés en el que explicaba cómo había surgido el carnaval. Según contaba, los católicos comenzaron a celebrar los carnavales debido a que en el período anterior a las Pascuas, denominado Cuaresma, debían pasar cuarenta días, con sus cuarenta noches, en ayuno -una comida por día- y en abstinencia. Así que, decidieron que si tenían que pasar tantos días en esa situación se iban a dar dos días en los que comería, tomarían y cogerían. Así se inician las santas celebraciones de los carnavales. La gente de Axe no es muy ocurrente.

3

Me dije que debía escribir todo lo que me había pasado. Por lo que comencé a pensar cuánto tardaría en llegar a mi casa. No disfruto salir al centro, y menos los fines de semana. Los colectivos reducen su frecuencia y los subtes comienzan muy tarde. Así que, a pesar de la demora, tenía que recordar los lineamientos básicos de lo que quería contar.

Cuando salí del lugar, tardé en encontrar la parada de algún colectivo que me llevase a casa. Por suerte, los canillitas siempre saben todo. El de la estación Lacroze me dijo dónde estaba la parada del 112 y cuando lo tomé pude viajar sentado. En el viaje, de a ratos, me dormía. Pero cuando despertaba miraba por la ventanilla y trataba de ubicarme: Boedo, Pompeya, Lanús. La estación de Lanús era mi destino momentáneo. Ahí me tomé el 165 que me deja a dos cuadras de casa. En total, fueron casi dos horas de viaje –aunque Google Maps indica que por esa misma ruta debería haber tardado un poquito más de una hora.

Al llegar a casa eran las ocho. Cerca de la puerta estaba tirado el diario. Eso daba cuenta de dos cosas: era domingo y mis padres se encontraban dormidos. Me imaginé que, si esas hubiesen sido mis últimas cuatro horas, había estado viajando dos horas para llegar a un lugar en el que las únicas personas que me esperaban estaban roncando.

Prendí la computadora y me senté a escribir algunas líneas centrales: aburrimiento, bailarina, fiestas/juego, colectivo, distancia. Por entonces pensé utilizar el tópico del colectivo para contar algunas cosas que se me habían ocurrido entre sueños, pero como esas cosas siempre se me olvidan ahora sólo puedo pensar en el recorrido espacio-temporal.

4

“Rosario siempre estuvo cerca” reza una canción de Fito Paez. La mitología popular dice que en auto y desde Buenos Aires uno puede llegar a muchos puntos del país en cuatro horas. Uno de ellos es Rosario. Si yo me enterase de que el mundo se termina en cuatro horas no viajaría. Probablemente los caminos estarían atascados y nadie llegaría a destino a tiempo.

Mi cabeza viene y va. Las ideas se enlazan constantemente. Por ejemplo, ahora se me vino a la mente uno de los capítulos de Los Simpsons. Es aquel en el que Bart descubre un meteorito que, da la casualidad, impactará en Springfield. Al principio todos se contentan con la solución que el profesor Frink le da al problema. Pero cuando eso falla y ya no hay manera de salir de la ciudad, caen en la desesperación.

Es bastante irónico que el personaje de Ned Flanders, al que se lo representa con una fe verdadera, sea el único con un refugio. Ante la imprevisión y el miedo todos los habitantes de Springfield terminan en su refugio. Pero hay un problema, la puerta no cierra y Flanders termina expulsado.

Mientras esperan la caída del meteorito, todos los del interior del refugio se ponen a jugar a las adivinanzas. Afuera Ned canta. En algún momento, Homero se cansa y dice que no puede dejar a un valiente morir en soledad. Sale del refugio y va en compañía de Flanders. Luego llegan todos los demás habitantes del pueblo y entonan la canción: “Whatever will be, will be”.

En ese momento ven arribar lo que suponen es el fin de sus vidas, y se ponen a realizar la única actividad que los consuela: cantar. Cuando no hay manera de evitar lo inevitable, al menos queda el consuelo de no tener que pensar en ello.

5

Desperté cerca del mediodía. A la dos de la tarde tenía un asado con amigos. Me bañé y una vez que terminé miré el reloj. Aún tenía una hora y media. ¿Qué hacer durante ese tiempo? Decidí que lo mejor era arrancar de una vez por todas a escribir este texto. Me senté frente a la computadora y comencé a teclear las primeras palabras. Entonces tuve que recordar todas y cada una de las cosas que quería contar. Las imágenes que uno trae de la memoria pueden no sucederse en una secuencia lineal. Así que tuve que armar el relato, de esa forma trataba de acercar mi experiencia a quien leyera. Omití algunos detalles, a veces es conveniente que no abunden para no perder la línea de lo que se quiere decir. Aún así tuve mis digresiones.

Cerca de las dos de la tarde sonó el teléfono de casa, era uno de mis amigos. Me dijo que me estaban esperando para el asado: “¿Venís?”. No llegué a terminar el texto y no volví a pensar en él hasta la noche. Entonces me puse a terminarlo y me di cuenta de lo siguiente:

De alguna manera necesitaba pasar el tiempo, necesitaba divertirme y decidí encarar la escritura de esto. Fue ahí que comprendí que la respuesta a la pregunta “¿Qué harías si el mundo se terminase en cuatro horas?” era sencilla: escribiría.

¿Con qué finalidad? Al fin y al cabo el mundo se destruiría y ya nadie podría leerme. Con la única finalidad con la que hacemos la gran parte de las cosas que hacemos: no sentirnos solos y no pensar en el paso del tiempo.